Vivimos un momento decisivo: la emergencia climática exige acciones en todos los ámbitos, y el sector financiero no es una excepción. Como inversores, tenemos el poder de cambiar el rumbo del planeta al ajustar nuestras decisiones económicas. Este artículo te guiará a través de la relevancia de la huella de carbono en tus carteras y te mostrará estrategias prácticas para reducirla.
El cambio climático se ha convertido en un riesgo financiero vinculado al clima. Sectores como los combustibles fósiles y la automoción de combustión interna afrontan devaluaciones directas. Según el BCE, escenarios adversos podrían erosionar un 1,2 % del valor de renta variable y bonos corporativos en 15 años, afectando más de 8 billones de euros en activos europeos.
Por ello, cada euro invertido puede ampliar un problema o impulsar la transición hacia una economía verde. Invertir de forma consciente es tan importante como diversificar geográficamente o por sectores.
La huella de carbono mide las emisiones directas e indirectas de gases de efecto invernadero (GEI) asociadas a una actividad u organización. En finanzas, aplica a carteras y fondos, identificando cuántas toneladas de CO₂ equivalente generan las empresas en las que invertimos.
Las emisiones se clasifican en tres alcances según el Protocolo de Kioto y el GHG Protocol:
En Europa, el Reglamento SFDR obliga a las entidades financieras a clasificar sus fondos en dos grandes categorías: Artículo 8 para productos que promueven características medioambientales y sociales, y Artículo 9 para fondos con objetivos sustanciales de sostenibilidad. Desde agosto de 2022, los bancos españoles deben preguntar a sus clientes por sus preferencias de sostenibilidad.
Exigir transparencia y verificación es esencial para evitar el greenwashing. Se estima que el 50 % de las afirmaciones ambientales en la UE son vagas y el 40 % carece de sustento. Solo los fondos con auditorías independientes garantizan fiabilidad.
Para comparar fondos de distinto tamaño, se utiliza la huella de carbono por millón de euros invertidos. Otras métricas incluyen las emisiones absolutas totales de la cartera o normalizadas por el patrimonio del fondo. El cálculo requiere ajustar datos cuando faltan informes corporativos, y la precisión depende del acceso a información de las empresas participadas.
Contar con indicadores claros permite evaluar el progreso y comparar alternativas con mayor objetividad.
Reducir las emisiones asociadas a tus inversiones implica tomar decisiones conscientes y, en ocasiones, desinvertir de empresas intensivas en carbono. A continuación, algunas recomendaciones:
El greenwashing mina la confianza y desvía capital de proyectos reales. Para evitarlo:
Las inversiones sostenibles no solo reducen la huella de carbono, sino que pueden mejorar los resultados a largo plazo. La tendencia hacia la descarbonización está impulsando incentivos de mercado, regulaciones más estrictas y eficiencia operativa en las empresas verdes.
Los fondos de impacto buscan inversiones con doble rentabilidad social: una ganancia financiera y un beneficio ambiental o social medible. Consumidores e inversores exigen cada vez más productos responsables, lo que crea un círculo virtuoso de crecimiento y sostenibilidad.
Existen múltiples plataformas y métricas para comparar la huella de carbono de los fondos, como Vdos o guías de MITECO y Naciones Unidas. Entre los productos más destacados encontramos:
La crisis climática requiere respuestas urgentes y colectivas. Como inversores, nuestra capacidad de movilizar recursos hacia proyectos de bajo carbono puede marcar la diferencia. Adoptar medir y comparar huellas de carbono como parte de la toma de decisiones financieras es un paso esencial para garantizar que nuestro dinero trabaje por un futuro más limpio.
Ahora más que nunca, cada inversión cuenta. Construir carteras resilientes y sostenibles no solo mitiga riesgos, sino que también impulsa la transición energética y protege el valor de tus activos en un mundo que avanza hacia la neutralidad climática.
Referencias