En un mundo donde la sostenibilidad y la responsabilidad social toman protagonismo, los fondos de impacto emergen como instrumento financiero con doble objetivo que no solo buscan un retorno económico, sino también la generación de un cambio positivo en la sociedad o el medioambiente. Estos vehículos de inversión combinan intencionalidad, medición rigurosa y transparencia, ofreciendo una alternativa al modelo tradicional centrado únicamente en la rentabilidad.
Los fondos de impacto son definidos, según la normativa española, como aquellos que «inversiones que intencionadamente buscan un impacto social y/o medioambiental, cuantificable y medible, con un retorno financiero como mínimo igual al del principal invertido». Su singularidad reside en la confluencia de tres componentes: intencionalidad, medición y retornos financieros.
A diferencia de la filantropía, que sacrifica el rendimiento, o la inversión tradicional, que ignora el impacto, estos fondos se sitúan en el centro, procurando tanto retorno financiero positivo con conciencia social como resultados tangibles a favor de colectivos y ecosistemas.
Los fondos de impacto pueden adoptar diversas formas legales y operativas: participaciones en fondos especializados, inversiones directas en empresas sociales, préstamos participativos o coinversiones. Entre los instrumentos más difundidos destacan los bonos verdes, los bonos sociales y los fondos de start-ups con propósito.
Asimismo, la tokenización y las plataformas de crowdfunding han abierto la puerta a pequeños inversores comprometidos, democratizando el acceso a oportunidades que antes estaban reservadas a grandes patrimonios o entidades institucionales.
En junio de 2024, el Gobierno español aprobó el Fondo de Impacto Social (FIS) con una dotación inicial de 400 millones de euros, enmarcado dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR). Este programa, gestionado por COFIDES con un 53% de participación estatal y respaldo de entidades bancarias, busca estimular proyectos de empleabilidad, regeneración ambiental e inclusión financiera.
El FIS prevé asignar recursos antes de junio de 2026 y reinvertir los retornos generados, garantizando así un enfoque sostenible a largo plazo. Podrán participar empresas, organizaciones sociales y fondos de inversión ya existentes, lo que refuerza su vocación de permanencia y escalabilidad.
Según la Global Impact Investing Network (GIIN), el valor total de activos bajo gestión en estrategias de impacto supera los 1,164 billones de dólares. Este universo crece a un ritmo superior al de los fondos convencionales, especialmente en Europa y EE. UU., donde las gestoras más innovadoras destinan cada vez más recursos al emprendimiento social.
El auge de la inversión de impacto responde a un cambio cultural profundo en la sociedad y en las nuevas generaciones de inversores, que demandan proyectos con propósito y responsabilidad y, a la vez, esperan una rentabilidad sostenible en el tiempo.
La fiabilidad de los fondos de impacto radica en su capacidad para medir resultados. Herramientas como IRIS+, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU y marcos de reporting como GRI o SASB permiten cuantificar los avances en términos de empleo, reducción de emisiones, acceso a servicios básicos o regeneración ambiental.
Los gestores de impacto deben responder preguntas clave: ¿a cuántas personas llega el proyecto?, ¿qué cambio se genera?, ¿es sostenible en el largo plazo? Estas métricas, auditadas externamente, refuerzan la credibilidad y atraen nuevos inversores.
A pesar de su creciente popularidad, la inversión de impacto enfrenta retos significativos: la complejidad para estandarizar métricas, la necesidad de talento especializado en gestión de proyectos sociales, y el equilibrio entre rentabilidad y transformación profunda.
No obstante, estos desafíos se traducen en oportunidades. La consolidación de marcos regulatorios, la expansión de mercados de capitales de impacto y la incorporación de tecnologías digitales (blockchain, tokenización) abren la puerta a un ecosistema más dinámico y accesible.
En definitiva, los fondos de impacto ofrecen una vía para alinear la inversión con valores y objetivos colectivos. Crecen con conciencia social, impulsando un modelo económico que reconoce que la rentabilidad y el bienestar del planeta y sus habitantes pueden (y deben) avanzar de la mano.
Referencias